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Cameron Yee “Civet droppings” via Flickr, Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual

El cacafé

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Oliver Hallmann “Kopi Luwak” via Flickr, Creative Commons Attribution

Parece que fue ayer cuando paseaba entre las estanterías de la última planta de El Corte Inglés de Callao en Madrid buscando un regalo navideño de última hora. Y ya han pasado un par de meses desde entonces… En otra ocasión os hablaré de ese Club del Gourmet renovado. Hoy lo haré de una caja de café que había sobre una estantería, con lo que parecía un gato salvaje pintado en ella, que me transportó nada menos que a Milán.

Recuerdo mi visita a la cafetería Peck, uno de los grandes destinos gourmet milaneses. Allí tomé una taza de kopiluwak, el café más caro del mundo, con boca pequeña y dientes apretados, racionando los sorbos. Sin leche, sin azúcar, ni sucedáneos que alteraran su sabor. Mi acompañante me miraba con sonrisa picarona, como si me estuviera gastando una broma sin yo saberlo. Como si aquella taza guardara entre sus posos un oscuro secreto.

De aquel café recuerdo un regusto dulzón que se tornó amargo al descubrir su origen. Por supuesto, provenía de la planta del café. Pero antes de llegar a mi taza (¡inocente de mí!) aquellos granos habían sido deglutidos, digeridos y defecados (sí, también defecados, de ahí el título del artículo) por un simpático animalillo en la lejana Indonesia.

El luwak (o civeta) y yo tenemos algo en común: nos encanta el café. Sólo que él engulle los granos enteros mientras que yo suelo hervir y colar café ya molido. El luwak tiene en su estómago unas enzimas especiales que atacan los granos de café sin acabar con ellos, lo que probablemente evite que la criatura sufra de insomnio crónico.

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Stefan Magdalinski “Sad Luwak” via Flickr, Creative Commons Attribution

Posteriormente, sus caquitas se lavan, se apartan los granos de café, se enjuagan, se pelan y se tuestan. No parece un procedimiento extremadamente complicado pero, dado que es manual, la producción es limitada, por lo que el precio del producto final es elevado: 7 € la taza en Peck. El cuarto de kilo sale a 163 €.

Puede que sea el café más caro del mundo, pero no me atrevería a decir que sea el mejor que he probado. Entre los mejores, sin duda, estarían los capuccinos de bares de carretera, que tomábamos apenas pisábamos Italia. O los cafés aguados de mi niñez, bautizados por mianonna para que me fuera haciendo al sabor y participara de las sobremesas en famiglia. Esos sí que sabían a gloria.

Autor: Redacción Unagi Magazine

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