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Foto: © Juan de Salas

Cuando Murphy se pone las zapatillas…

Hoy os voy a hablar de Murphy. No, no me refiero al policía que va dentro de Robocop, sino a Edward Aloysius Murphy Jr. el ingeniero aeroespacial estadounidense que enunció la famosa ley que lleva su nombre (sí, esa que, entre otros, tiene enunciados como que la tostada siempre cae por el lado de la mantequilla y, sobre todo, que si algo puede salir mal…saldrá mal).

Pues bien, a veces Mr. Murphy se pone las zapatillas de correr y te desafía a vencerle. Es un enemigo duro y despiadado, conoce todos los trucos…y los utiliza. Solo hay una forma de vencerle: con determinación absoluta y fuerza de voluntad.

Y, como no podía ser de otro modo, eso sucede…en el peor momento.

El pasado sábado era la 7ª carrera Ponle Freno en Madrid. Una ocasión perfecta para poner a prueba los avances en mi primer mes de entrenamiento con Personal Running y ver si esos progresos que yo veo día a día en mis entrenamientos, se reflejaban en el cronómetro. Un recorrido bastante interesante (5 km rectos y en ligera subida, seguidos de otros 5, de vuelta, en ligera bajada) y unas previsiones climáticas decentes (fresquito, pero sol y nada de viento), hacían que fuera una buena oportunidad para acercarme a los 50 minutos (mis últimas carreras de este año habían estado sobre 52).

Pero Murphy estaba al acecho, dispuesto a vencerme en esta carrera…

Todo empieza cuando el despertador decide no sonar (o yo decidí equivocarme a la hora de poner la hora…que también puede ser). El caso es que me despierto a las 8:30 y no doy crédito a lo que veo: “¡¡¡Aaggg, Tengo 30 min. para llegar a la salida!!!”. Podéis imaginaros la escena, más propia de una película de cine mudo… me visto a la carrera (el dejar la ropa preparada la noche anterior siempre es una buena idea), cojo unas barritas energéticas y un botellín de agua y salgo corriendo (textualmente) para la estación de Atocha “Yo hoy, corro como sea”… Ese es el espíritu.

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Foto: © Juan de Salas

Tras una carrerita que me sirve de calentamiento,en plan Sr. Lobo en Pulp Fiction (vivo a 12 min de Atocha…llego en 6), encuentro un tren que iba a Recoletos dispuesto a salir; son las 8:47.  “Mi suerte ha cambiado, llego” ─pienso─, ¡Já, iluso de mí! Pasan 5 min, 6, 7 y el tren no se mueve; parece ser que está averiado pero nadie dice nada. Varios corredores que estamos dentro nos miramos con el desconcierto marcado en el rostro.

Llegan las 9, hora de la salida y estoy tirado en un andén de Atocha…”has ganado Murphy, paso de hacer el tonto aquí, me voy a trotar un rato por el Retiro”… ¡No! ¿Qué os dije antes? DETERMINACIÓN. Me digo: “Esta carrera la corro, aunque llegue a las 10 y lo haga yo solo. De este andén no me mueve nadie”.

Repentinamente, aparece otro tren con la misma dirección y todos los runners lo asaltamos como si fuera uno de esos convoys a Darjeeling. Una marea azul apelotona sus vagones, mientras hacemos mini-estiramientos (el espacio no da para más). El tren llega a Recoletos en 4 minutos y todos salimos de los vagones como si fueran los primeros metros de la carrera, subimos las escaleras a toda velocidad y…

Y… de pronto, nos encontramos de bruces ante la Salida. Son las 9:10 pero la gran cantidad de corredores hace que todavía falten muchos por salir, con lo que me incluyo en la masa, mientras repaso mentalmente la última hora de mi vida y cómo he infringido, uno tras otro, todos los consejos previos a una carrera: he medio calentado con una carrera a toda pastilla para coger el tren; he desayunado dos barritas energéticas y un botellín de agua mientras esperaba en el andén, 20 minutos antes de salir; he hecho unos mini-estiramientos en el tren. Menos mal que no soy un runner y no me tomo estas cosas a la tremenda, que si no…

Paso el arco de salida dispuesto a hacerlo lo mejor posible, he ganado la primera batalla a Murphy, pero no la guerra.

Salir de los últimos en una carrera como estas supone que los dos primeros kilómetros son lo más parecido a cruzar el cinturón de asteroides: miles de obstáculos frente a ti y todos a distintas velocidades. Así que me pongo en “modo Messi” dispuesto a sortear a todo aquel que se ponga en mi camino, hasta encontrar un hueco en el que poder empezar a correr a mi ritmo previsto de 5 min. el km.

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Foto: © Juan de Salas

¡Vana ilusión! No solo hay pandillas de gente yendo a ritmos de 7 y 8 min/km, lo que fastidia, pero es totalmente respetable (al fin y al cabo, el estar al fondo me lo he ganado yo solito); sino que (y esto es intolerable) grupos de gente que ya en el km 1 y 2 ¡van paseando tranquilamente!, eso sí con su camiseta y su dorsal (supongo que para contar luego a los amigos que hacen “eso del running”) y pandillitas de gente parada haciéndose selfies. En fin, que aquí esto lo llaman “carrera” pero en mi pueblo estas cosas se llaman “romería“.

Por favor, señores organizadores, pongan límite a estas cosas, porque si a mí, que no soy un runner, me molestan, me imagino cómo se sentirá alguien que está entrenando muy duro, mucho tiempo y encuentra que estos “domingueros” le arruinan una carrera o le provocan una lesión por una mala pisada o un choque. Si quieren permitir estas cosas, llamen a la prueba “Marcha” y así los corredores ya sabrán a qué se exponen y decidirán correr o no, pero una “carrera” como su propio nombre indica, es la “acción de correr”, es una competición.

Cierro mi “paréntesis indignado”.

Una vez sobrepasado este “cinturón de asteroides humanos” en el km 2 (donde se separan las carreras de 5 y 10 k), empieza la carrera de verdad. El Paseo de la Castellana se despliega en toda su magnitud…y dureza, pues quedan 3 km en falso llano para arriba, que pican lo suyo. Pero el ritmo es bueno, el espacio abundante y el entorno (toda la City madrileña) alegra los ojos. La subida se va haciendo dura cuando, de pronto…cambio de sentido y…todo el mundo se vuelve de color rosa 🙂

Súbitamente la subida se convierte en descenso y las piernas comienzan a ir solas, como impulsadas por resortes. Supongo que así deben sentirse siempre los buenos cuando corren. ¡Qué delicia! Los km que antes costaba hacer sobre 5:10, ahora caen, uno tras otro, a 4:40, sin ir a tope…que hay que guardar fuerzas para el final, por si hacen falta (solo he corrido 4 veces más de 10k en lo que llevo de preparación y a un ritmo suavecito).

Llego al km 9, Plaza de Colón y, justo al otro lado, en la meta, tan cerca pero tan lejos, mi admirada Zahara me da la bienvenida cantando a pleno pulmón. Me suena como el Aleluya y, a su vez, como un pistoletazo de salida: “Queda solo un km y vas bien así que…a tope, como si fuera una serie”. Me pongo a ello, pero ahora la carretera se estrecha y de repente ¡zas! última jugarreta de Murphy…

Nos damos de bruces con los últimos caminantes de la “carrera” de 5 km, que van de paseito mañanero, tan ricamente. Hasta tres veces me tengo que parar en ese último km porque no hay espacio físico para pasar…pero no, Murphy, esta vez no vas a derrotarme, así que tras cada parón, arranco con más rabia y finalmente… ¡LA META!

Zahara sigue vistiendo de fiesta la mañana madrileña y mi reloj marca 49:36.

No sé si conseguiré el reto marcado, ni qué resultados tendré en el futuro, pero hoy me siento como el puñetero Mo Farah.

Autor: Luis Ángel Ramos Cuesta

Luis Ángel Ramos Cuesta
Oteo el horizonte desde Unagi Magazine y os cuento lo que veo. ¡Ah! y además soy el irresponsable responsable de dirigir este proyecto.

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