EL TESORERO. Lugar:  Teatro Lara; Calle Corredera Baja de San Pablo, 15 (Madrid). Autor: José Ignacio Tofé. Dirección: José Ignacio Tofé. Reparto: José Luis Alcobendas (Ministro de Cultura) y Juan Carlos Vellido (Ministro de Agricultura, Hacienda, Economía y Tesorero). Coreografía: Sonia Dorado. Fotografía: Moisés Fernández Acosta. Diseño Gráfico: David Angulo. Fechas: martes de diciembre de 2014 y de enero de 2015. Horario: 22:00 horas.

En los tiempos que corren,  la palabra “tesorero” inmediatamente nos trae a la mente imágenes de sobres, cajas “A” y cajas “B”, nepotismo, cargos públicos corruptos, vidas llenas de lujos y desenfreno…

Lejos queda la imagen del tesorero como la persona que custodia y administra, con diligencia, los caudales que están a su cargo; ahora, por culpa de ciertos casos que a todos nos vienen a la mente, más bien parece que su función es más bien obtener caudales sea cual sea su origen y administrarlos, sí, pero de la forma que más convenga a sus intereses y a los de sus amiguetes.

La vida política en los últimos años, se ha convertido en una especie de bufonada continua, en la que cada nuevo caso de corrupción que aparece, empequeñece al anterior. La desvergüenza de algunos a la hora de administrar los fondos públicos en su propio interés es de tal calibre que ya se ha saturado nuestra capacidad de sorpresa y los corruptos, cada vez más, son caricaturas de sí mismos.

En este contexto social, en la Sala Off del Teatro Lara —cada día me gusta más este espacio teatral—, nos ofrece todos los martes, El Tesorero, una obra que, en tono de sátira, nos permite entrar en varios despachos ministeriales y ver cómo se comportan muchos de nuestros políticos cuando las cámaras no les enfocan. Aquí va una breve sinopsis, para poneros en situación:

Contabilidad B, sobornos, favores, sobres, Suiza, dinero negro, saqueo de cajas de ahorros, recalificaciones, enchufes para la familia… Todo esto, y mucho más, se puede ver en: “El Tesorero”, una comedia que retrata la España de la corrupción.

Basada libremente en el Caso Bárcenas, la obra cuenta el primer día en el gobierno de un nuevo ministro de Cultura, cuyo mayor interés es usar su puesto para hacer negocios, y buscarse un buen enchufe para cuando deje el gobierno.

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La corrupción no es, ni mucho menos, algo nuevo —basta con leer un poco de historia de la antigua Grecia o Roma— ni algo consustancial a un país o a un partido político o sindicato —algo que vemos a diario, aunque, en algunos esté más arraigada la cosa—. Por eso, uno de los grandes aciertos de este montaje es el no personificar la corrupción en determinadas personas o partidos políticos. Si bien, la mayoría de los personajes pueden identificarse perfectamente con el partido en el poder y con algunos de sus miembros, también podrían extrapolarse a gobiernos anteriores y, seguramente, a otros países.

El segundo gran acierto de El Tesorero, es plantear la cuestión con realismo, sin valorar actuaciones, ni caricaturizar en exceso a los distintos personajes. Precisamente, en la mayoría de los casos, las risas, más que ser buscadas, surgen espontáneamente ante lo grotesco de situaciones que estamos convencidos que se producen cotidianamente y que van más allá del surrealismo. Podríamos decir que más que contar con un guión, el Tesorero es la transcripción de uno de los sumarios que hay encima de las mesas de la Audiencia Nacional.

Finalmente, es muy reseñable la falta de moralina en toda esta historia. Su tono documental nos cuenta lo que ocurre, lo pone antes nuestros ojos y luego deja que seamos nosotros los que valoremos.

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Al frente de este proyecto, se encuentra José Ignacio Tofé, que ejerce como autor del texto y como director de la obra. José Ignacio es un guionista con amplia experiencia —cuatro largometrajes y cinco obras teatrales— así como creador y director de varios cortometrajes y más de diez obras de microteatro, que se han estrenado con éxito, no solo en varias ciudades españolas, sino también en América.

Su labor es otro de los grandes aciertos del montaje. El texto es ágil y fluido. El tono —como antes dije, casi sumarial— con que expone la situaciones, dejando que sean los propios personajes quienes, actuando con naturalidad, provoquen la risa, es todo un acierto. La construcción de los distintos personajes es veraz y las tramas, aunque a veces sean totalmente surrealistas, son creíbles. Otro acierto es el trato de la figura del tesorero, alguien omnipresente en la obra, una especie de Keyser Söze en la sombra, alguien a quien todos temen y de quien todos hablan, pero al que no conoceremos hasta el final.

En cuanto a la dirección, mantiene perfectamente el ritmo de la obra, disipando rápidamente mis dudas ante la desnudez del escenario —ocupado solo  por una mesa de despacho y dos sillones—, con un montaje fluido en el que el continuo movimiento de los actores aporta dinamismo y lleva al espectador de la mano por los distintos rincones de los imaginarios despachos ministeriales.

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En obra como El Tesorero, con una escenografía minimalista, todo el peso del montaje recae sobre el texto y la interpretación de los actores. Ya he hablado de las bondades del texto y ahora me toca glosar las de la pareja protagonista.

Por un lado, el televisivo José Luis AlcobendasHospital Central, Bandolera, Gran Hotel...— está fantástico como el Ministro de Cultura. Un personaje todopoderoso en su Comunidad Autónoma, que llega a Madrid, pensando que va a comerse el mundo y que España es igual que su reino de taifas, solo que más grande. La realidad, pronto se da de bruces con sus intereses y nos permite ver todas las facetas de su personaje —la de trepa, la de fajador, la de brillante orador, la de chantajista—. Un personaje lleno de matices, que José Luís hace creíble y cercano.

Junto a él Juan Carlos Vellido —otro rostro muy conocido en nuestra cinematografía—  se convierte en el hombre-orquesta de la función; interpretando varios personajes y, todos ellos, fantásticamente. Juan Carlos se convierte, sucesivamente, en el Ministro de Agricultura —un chusquero, que ya ha pasado por otros ministerios y que se las sabe todas—, el Ministro de Hacienda —inteligente, tierno y socialmente inadaptado—, el Ministro de Economía —todopoderoso, por encima del bien y del mal— y, finalmente, en el tesorero —Luis El Cabrón, sobran los comentarios—.

Su  trabajo es tan difícil como encomiable, pues todos los personajes son diferentes y él es capaz, en breves segundos, y solo cambiándose la corbata, de pasar de uno de ellos a otro y hacer que los espectadores nos lo creamos. Esa es la magia del teatro y Juan Carlos tiene la varita mágica.