Es obvio que los videojuegos, desde el primer momento en que empezaron a perseguir la narración de historias de forma visual (momento que yo dataría el mismo día que apareció el primero de ellos), adquirieron, en mayor o menor medida, las convenciones formales del cine, para ir mutándolas o creando nuevos lugares comunes posteriormente. Todavía a día de hoy la narrativa visual es esencialmente la misma.

El camino entre el cine y los videojuegos es de ida y vuelta, y la mayoría de las veces (cada vez menos) ha sido un camino lleno de piedras, baches y salteadores de caminos. A día de hoy, llega a ser difícil separar estas dos expresiones, estas dos irrealidades, como si realmente fueran una sola, aunque curiosamente, cada día están un poco más separadas, más independientes una de otra. Vamos, como cuando empezó el debate.

Existe, no obstante, un lugar en el tiempo y el espacio en el que ciertas películas parecen videojuegos, y en el que ciertos videojuegos parecen películas (y cuando digo parecen quiero decir que lo hacen, y mucho). Hoy me dispongo a hablar del primer caso, y para ello pondré sobre la mesa siete títulos de películas que son puros videojuegos. Hoy, tras la entradilla de la productora, seguramente podáis leer un “insertcoin”. Películas hijas de su tiempo. Un tiempo en el que, el hijo digital llamaba a la puerta. Esto promete. ¿Empezamos?

 Los amos de la noche (The Warriors – 1979)

Seguramente este sea el caso más evidente y arquetípico de esta lista, y no lo digo porque esta película tuviera una adaptación al mundo del videojuego hace pocos años, sino por lo que significó en todos los aspectos para el género beat ‘em up, que en los 80, con aquellos juegos de lucha callejera con scroll lateral, dominaría tanto las salas recreativas como los formatos domésticos.

The Warriors fue una de esas películas que marcó la estética y el ambiente de lo que habría de venir. Es imposible, por ejemplo, no ver claros guiños a la película en el título más famoso de la época: el omnipresente Final Fight (y otros muchos después). Eran los 80, las pandillas de jóvenes rebeldes aterrorizaban a la opinión pública norteamericana, las drogas, el alcohol, las luces de neón, los vagones de metro llenos de pintadas, Charles Bronson, los punks, las navajas de mariposa, las barras de hierro, los cubos de basura metálicos que escondían pollos asados…

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Perseguido (The Running Man – 1987)

Basada en una novela breve de Stephen King, Perseguido es una de esas películas que, pase el tiempo que pase, siguen siendo tan divertidas y entretenidas como el primer día. Puro cine de los 80, acción desenfrenada, estéticas alocadas y una crítica social poco sutil con mucho humor negro y mala baba.

Esta cinta es un puro videojuego. Un bueno carismático (Arnold Schwarzenegger) en una carrera por su vida, vestido con un mono futurista, la chica, los sidekicks o compañeros de aventura y, sobre todo, los enemigos. Auténticos jefes de fase (o bosses si se prefiere el término anglosajón), que además se ubican en diferentes localizaciones estratégicas. En definitiva, esta película es un videojuego de acción de pasar niveles. Lo parece, no está disimulado. Los 80 eran así, y gracias.

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Juego con la muerte (Game of Death – 1979, 1972*)

No, no me refiero al refrito que vio la luz en el 79, sino a la cinta que dejó incompleta Bruce Lee antes de que la muerte le sorprendiera de forma fulminante. Si pasamos por alto esa vergüenza de cinta rodada de forma chapucera para intentar rentabilizar y usar el material rodado y nos limitamos al poco más de media hora de metraje que Lee dejó rodado, nos encontramos un videojuego de lucha mucho antes de que este género fuera inventado: el personaje de Lee asciende los pisos de una pagoda. En cada uno de los pisos, le espera un pintoresco luchador al que debe vencer para avanzar hacia el piso superior. Cada uno de estos enemigos utiliza un sistema de lucha diferente. Todo el ambiente es colorista y fresco. Y divertido, muy divertido.

Ver esos 36 minutos rodados por Lee nos deja el amargo regusto de lo que pudo haber sido y no fue. Lo que es evidente, es que, aunque la película no fuera terminada como tuvo que serlo, la propia idea caló fuerte en lo que estaría por venir. Influyó en el cine, pero sobre todo en la cultura pop del videojuego. De alguna manera, la visión de Bruce Lee finalmente se hizo realidad, aunque fuera de otra forma, en otros formatos. Y yo que me alegro…

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Rollerball, un futuro próximo (Rollerball – 1975)

No hablamos de ese subproducto homónimo en el que sale Jean Reno, sino de la original, en la que sale James Caan y todo tiene un halo de trascendencia setentera que roza el nivel ridículo de la épica. La historia del rollerball, un violento deporte futurista y al mismo tiempo atávico, casi ancestral, al menos en su concepto.

Esta película, sin lugar a dudas, influyó enormemente en la creación de videojuegos deportivos futuristas que, digámoslo, generaron tipos de juego similares al que se expone en esta película. Una vez más, las referencias no se disimulan. Esta es una película seminal, como todas las de la lista, pero esta tiene un toque retro-futurista que va muy de la mano con el de los videojuegos, y no solo a nivel de estética. No, la cosa llega a un lugar mucho más profundo. A ese pozo al que los seres humanos miramos sin querer ver, pero babeando como perros rabiosos lo hacemos, miramos a las tinieblas, y con los puños apretados queremos jugar. Jugar hasta el final.

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Tron (1982)

De acuerdo, esta es la elección fácil, casi obvia. Y es que el mundo de Tron es un videojuego, las tripas de ese mundo. Los ordenadores, cuando eran mucho más oscuros y desconocidos que hoy en día, nos abrieron una ventana a sus entrañas en esta película. No podía ser de otra forma: luz negra y detalles fosforescentes en un mundo en el que los movimientos no tienen tantos grados de libertad como en la vida real, sino que sufren las limitaciones de los sistemas informáticos y los mundos digitales que esconden.

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Contacto Sangriento (Bloodsport – 1988)

Cuando a un actor le ponen el mote de “los músculos de Bruselas”, es fácil que todo aquello en lo que participe pueda convertirse en un juego, o al menos que tenga, digamos, cierto aroma… Lo cierto es que Jean-Claude Van Damme recibió (y rechazó) la oferta de poner rostro al juego Mortal Kombat, y que salió en el juego de la película Street Fighter (que a su vez adaptaba uno de los videojuegos más famosos de la historia a la pantalla grande).

Pero antes de eso, Contacto Sangriento sentó las bases de lo que un buen juego de lucha debía ser: combatientes de distintos lugares del mundo con diferentes estilos de lucha, una localización a medio camino entre lo clandestino y lo tradicional, relojes que cuentan el tiempo que dura una pelea, un público entregado… La fórmula acabó siendo tan evidente que el propio Van Damme volvería a tirar de ella en The Quest. Reconozcámoslo: la cosa funciona. Podrías jugar a Contacto Sangriento sin ningún problema, eso sí, siempre que hubiera un mando y una pantalla entre tú y los golpes.

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Mad Max 2, el guerrero de la carretera (Mad Max 2: The Road Warrior – 1982)

No, no es el título más evidente de la lista, pero la saga Mad Max asentó (o ayudó a asentar) ciertas verdades fundamentales de diversos géneros que, posteriormente, arraigarían en los videojuegos. Sobre todo hablamos de la estética ciberpunk de videojuego que luego se haría mayor en los salones recreativos.

La saga Mad Max (sobre todo la segunda entrega) es tan influyente y fundacional como lo fue The Warriors. La estética, el ambiente, los lugares comunes, siguen a día de hoy apareciendo en los videojuegos, sean desarrollados en un escenario postapocalíptico o no. Max es un avatar de videojuego perfecto: conduce los coches más chulos, maneja diferentes armas, es un personaje torturado, guarda cierto punto de héroe en sus profundidades. La pregunta es: ¿Por qué no hay un videojuego de Mad Max? Lo habrá, y saldrá pronto, aunque hayan pasado más de 33 años desde que se estrenara la primera parte de la saga.

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