¿Serían los trabajadores más felices si fueran futbolistas?

Aunque estemos inmersos en una temporada atípica, hecha de confinamientos y estadios vacíos, eso no impide que el fútbol y los futbolistas sigan acaparando la atención de muchos.

El fútbol, como el amor en la célebre canción “is all around”: en los kioskos, en las televisiones y en muchas conversaciones, todo gira en torno al deporte del balón. Y no solo, en torno a resultados y alineaciones, sino que un tema recurrente es lo bien que viven los futbolistas, cómo disfrutan de su trabajo.

¿Serán, por tanto, los futbolistas el paradigma del concepto del “enjoy working” o disfrutar trabajando?

Solo hay una forma de averiguarlo y es imaginarnos qué pasaría si todos los trabajadores fueran como los futbolistas de élite, ¿serían más felices?

¿Cómo sería la vida de los trabajadores, si nos trataran como a futbolistas?

Empezaremos por la relación laboral. Si todos los trabajos fueran como el fútbol, al contrario que en la vida real, sería el empresario quien quisiera, a toda costa, hacernos fijos o firmarnos contratos a largo plazo, mientras que nosotros querríamos contratos breves y, cada año, le pediríamos al empresario una subida de sueldo por renovar (divertido ¿no?).

¿Y qué hay del salario? Por supuesto estaríamos estupendamente pagados, con magníficos sueldos, primas por objetivos, etc. Además, estaríamos bien considerados profesionalmente, de tal modo que si trabajáramos bien, otras empresas de la competencia estarían dispuestas a pagar un dineral a nuestras empresas para que nos traspasaran.

Y lo mejor de todo, este tipo de asuntos no nos quitarían el sueño, sino que tendríamos un representante que se ocuparía de todo ello y nosotros solo apareceríamos a firmar nuestro contrato, eso sí ante las cámaras de cientos de fotógrafos.

Nuestra jornada laboral no sería extenuante, sino todo lo contrario, y nos permitiría eso tan complejo como es la conciliación de la vida personal y familiar.

Dos horitas diarias de entrenamiento y unas pocas más de eventos publicitarios, aunque nos tocaría trabajar los fines de semana y algunos días entre semana. Eso sí, deberíamos tatuarnos todo el cuerpo y hacernos unos cortes de pelo estrambóticos.

trabajadores futbolistas emprendedores autonomos

Nuestras vacaciones serían como las de los niños, desde primeros de junio hasta finales de agosto. Eso sí, si somos especialmente buenos, algunos veranos nos juntarían con los mejores trabajadores de otras empresas españolas y nos llevarían a un lejano país a demostrar que trabajábamos mejor que los checos, los italianos, los franceses o los alemanes.

Y si ganáramos, nos pasearían por el centro de la ciudad con los altavoces reproduciendo a todo volumen el “We are the Champions“.

A la hora de trabajar, todo sería más o menos parecido: estaríamos a las órdenes de un jefe, solo que aquí se le llamaría entrenador. Pero habría cambios sustanciales: si hiciéramos bien nuestro trabajo, los méritos serían para nosotros y si lo hiciéramos rematadamente mal, y no cumpliéramos los objetivos de la empresa… ¡le despedirían a él!

Eso sí, deberíamos siempre estar sobrios y tener cuidado con la medicación que tomamos, pues en cualquier momento podrían venir a pedirnos que hiciéramos pis en unos tubitos para analizarlo y ¡ay de nosotros si nos hubiéramos dopado! No solo los despedirían sino que hasta es posible que invalidaran nuestros resultados laborales: “el informe presentado por el Sr. Palacios no tendrá valor, pues fue redactado bajo el efecto de tres Red Bull y dos Paracetamoles”.

Se acabó el anonimato laboral

¿Divertido, eh? Pues esto no es nada, lo mejor viene cuando aplicamos a un trabajo normal todo el folklore que rodea al fútbol.

Para empezar, al contrario que los emprendedores, nunca estaríamos “solos ante el peligro”, siempre tendríamos los ojos de la prensa y de la opinión pública fijos en nuestro trabajo.

Los medios de comunicación dedicarían gran parte de su tiempo a narrar y analizar las jornadas laborales de cada cual, ayudados por jubilados que aportarían su experiencia para juzgar la actuación de los trabajadores.

El genial Gila ya lo supo ver con su “Retransmisión en directo de la operación de riñón”.

Cuando cumpliéramos con nuestro trabajo, lo celebraríamos a lo grande, subiéndonos a algún sitio, moviendo mucho los brazos y profiriendo alaridos (no se sabe muy bien si agónicos o de apareamiento). Habría quien meciera un niño imaginario para dedicar a su retoño recién nacido esa maravillosa inspección de Hacienda que acaba de realizar o quien mostrara mensajes reivindicativos dedicando a su prima Mary esta muela que acaba de extraer.

Todos los años se concedería un premio al mejor trabajador (el Ladrillo de Oro, la Golden Grapadora World…) y todos los medios de comunicación se pegarían sobre si el premio debería ir a Peláez o a Urquijo.

Los trabajadores llevaríamos a cabo nuestra jornada laboral bajo la atenta vigilancia de cientos de cámaras que no se perderían detalle de cada acción o gesto que lleváramos a cabo. En sus hogares, millones de seguidores, con los nervios de punta, verían cómo fontaneros se enfrentaban a atascos rebeldes, cómo contables cuadraban cuentas especialmente complejas, cómo cocineros llevaban a cabo complejos platos…

¡Ah, que esto último ya ocurre! A ver si la ficción va a convertirse en realidad 😉

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Luis Ángel Ramos Cuesta
Oteo el horizonte desde Unagi Magazine y os cuento lo que veo. ¡Ah! y además soy el irresponsable responsable de dirigir este proyecto 😉

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