El pasado domingo terminó la edición 101 del Tour de Francia, el evento ciclista por excelencia, que todos los años nos ameniza las sobremesas de julio y, cuando aún resuena en mis oídos el griterío del público en la parisina Avenue des Champs-Élysées es el momento idóneo para hacer balance de lo que ha sido la ronda francesa en 2014.

Así al primer bote, la sensación que le queda a uno es que esta edición se puede resumir en la frase “de lo que pudo haber sido y no fue”, porque si bien es cierto que las intenciones de la organización eran muy loables en cuanto al diseño del trazado, teniendo en cuenta los presumibles protagonistas, las circunstancias de carrera hicieron que las expectativas se diluyeran como azucarillos, pues una película sin unos buenos protagonistas no puede funcionar, aunque el guión sea bueno y los secundarios acompañen.

En efecto, el recorrido de este año estaba diseñado teniendo muy en cuenta que los dos grandes aspirantes eran dos excelentes escaladores como Chris Froome y Alberto Contador y que los aspirantes franceses al podio, si por algo se destacaban era por sus buenas prestaciones en la montaña. Ello ha dado lugar a que solo haya habido una contrarreloj, al final —cuando cuentan tanto o más las fuerzas que las cualidades intrínsecas— y bastante quebrada, a diferencia de otras ediciones que contaban con dos interminables cronos individuales en llano y, a veces, incluso con una más por equipos.

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Tour de France 2014 – La caida de Christopher Froome © Presse Sports/B.Papon

Así las cosas, el terreno destinado a hacer diferencias parecía la montaña; pero aquí es donde la organización del Tour ha querido innovar con la apuesta por la variedad y el espectáculo en las primeras etapas. En una época en que las tres grandes luchan por buscar una identidad propia —la Vuelta con etapas cortas y nerviosas y el Giro con la épica por bandera, aprovechando la orografía italiana—, la primera semana del Tour 2014 ha tenido un diseño divertido, variado y precioso. Las tres primeras etapas, celebradas en suelo británico, por carreteras estrechas, sinuosas y con continuos desniveles, se convirtieron en auténticas clásicas y la quinta etapa, con final en Arenberg y paso por varios de los tramos adoquinados de la París-Roubaix fue un monumento al ciclismo de verdad, endurecida por una lluvia que convirtió, más que nunca a los ciclistas en héroes.

Pero esa primera semana, que tenía por objeto ir separando la paja del trigo, así como ir debilitando las fuerzas, además de dar oportunidades de victoria a reputados clasicómanos se cobró varias víctimas inesperadas y, con ello, decidió el resultado de la carrera.

Por un lado, las caídas se llevaron por delante a muchos corredores, fundamentalmente al principal favorito, Chris Froome; por otro, la lluvia y el frío hicieron que las fuerzas de muchos quedaran considerablemente mermadas con catarros, gripes, bronquitis y similares y, finalmente, la dureza del trazado, hizo que un invitado inesperado como el italiano Vincenzo Nibali se erigiera en líder de la carrera, ganando la etapa de Sheffield —una auténtica clásica— y asestando un golpe definitivo a la ronda, en la etapa del pavés, donde distanció notablemente al resto de favoritos.

En mi opinión, esta quinta etapa, fue la que decidió el triunfo final: por el abandono de Chris Froome, por la inyección de confianza que supuso para Nibali y por el tiempo perdido por Alberto Contador que le hizo, a partir de ese momento correr a contrapié, lo que, es muy posible que originara el despiste que dio con sus huesos en el suelo y que le hizo abandonar.

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Michal KWIATKOWSKI en un tramo de pavés de la etapa 5 © ASO/B.Bade

Así las cosas, con los dos principales —y para muchos, únicos— favoritos fuera de la escena, el italiano Nibali, llamado a ser un espectador de lujo, se convirtió en el inesperado rey de la carrera. Quedaba la incógnita de saber si alguno de los supervivientes podría hacerle frente en unos devaluados Alpes, unos temibles Pirineos y una contrarreloj que se adaptaba perfectamente a sus características y esa incógnita se despejó rápidamente. El australiano Richie Porte, lugarteniente de Froome en el Sky y, probablemente el único ciclista con un nivel similar a Nibali, pronto demostró que sus problemas pulmonares no le iban a permitir luchar con el siciliano.

En cuanto al resto, no parecía haber peligro para el italiano: los aspirantes eran un puñado de buenos ciclistas —pero, en ningún caso, estrellas—, cuyo principal objetivo al iniciarse el Tour era quedar entre los 10 primeros y a los que se les habían abierto de repente las puertas del cielo para pisar el podio en París. Jóvenes promesas como los franceses Pinot y Bardet o el estadounidense Van Garderen, luchadores impenitentes como los holandeses Mollema y Ten Dam o el ex-biker francés Peraud, veteranos ilustres como Frank Schleck o nuestro Haimar Zubeldia y, claro, Alejandro Valverde —un excelente ciclista al que este Tour debe hacer darse cuenta de que su momento en las carreras de tres semanas ya pasó, sobre todo si tienen un recorrido tan exigente como este—.

En todo caso, parecía que sin Froome ni Contador, Nibali tenía el triunfo atado y, a la larga, esa impresión fue la correcta. Creo que a todos nos asalta la misma pregunta, ¿habría ganado Nibali el Tour estando todos los favoritos en plenitud? Y creo que, siendo ecuánimes, la respuesta debe ser: ¿quién sabe? Es indudable que la carrera hubiera sido diferente. Bien es cierto que cuando estuvieron los tres en la carrera, el italiano les mojó la oreja a sus dos contrincantes —en un terreno que no era el suyo, pero tampoco lo era de Nibali—, pero también lo es que Contador parecía decidido a desatar una guerra sin cuartel y, en esos casos, las consecuencias son imprevisibles y las víctimas inesperadas. Es posible que subiendo, hubieran reventado al siciliano, pero también que fueran ellos quienes reventaran, o que Nibali atacara en algún descenso… Pero eso pertenece al mundo de las elucubraciones, la carrera es la que ha sido y Nibali ha sido un justísimo vencedor.

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Grupo de los favoritos descendiendo el Tourmalet en la etapa 18 – © ASO/B.Bade

A los que, sin embargo, de forma colateral benefició el abandono de los dos grandes fue a los aspirantes al podio, que en su vida se habían visto en otra igual. Por un lado, tenían una oportunidad única para luchar por un premio que, a priori, ni se planteaban en la mayoría de los casos y, por otro, eso les hizo ser ofensivos, atacarse entre ellos, algo impensable si hubieran estado los potentísimos Tinkoff Saxo o el Sky controlando la carrera. Esto hizo que la carrera fuera amena, aunque, no nos volvamos locos, estos segundos espadas, querían pero no podían y lo que hacían eran tímidos y medidos ataques, mirando de reojo el pulsómetro, conscientes de sus limitaciones. Nada que ver con los destrozos que preparan cuando atacan las grandes figuras como Froome, Contador o Quintana.

El resto de la película es bien conocido; triunfo absoluto para Nibali —que además, se llevó cuatro etapas, como queriendo decir “he ganado porque era el mejor, aunque hubieran estado todos”—, que compartió podio con el correoso francés Peraud —que cimentó su éxito en su infinito coraje y en su superioridad contrarreloj frente a sus rivales— y la joven esperanza gala Thibaut Pinot, un corredor con buena pinta, pero, salvo enorme sorpresa, sin madera de gran figura. Junto a ellos, cabe destacar al sprinter alemán Marcel Kittel, vencedor de cuatro etapas y a dos monumentos a la combatividad como el italiano De Marchi —un hombre, al que parece que rodar en pelotón le da alergia— y el polaco Rafal Majka, llamado a ser el escudero de lujo de Contador en la montaña y que una vez que contó con la carta de libertad para ascender sin freno, lo hizo, y de qué modo, demostrando que, posiblemente ha sido el mejor escalador en esta edición —justísimo el maillot de lunares para él—.

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Vincenzo Nibali subiendo Hautacam con el vencedor de la última Vuelta a España, Chris Horner – © ASO/B.Bade

Por el lado español, sin Contador en liza, Alejandro Valverde quedaba como único aspirante y, aunque fue segundo durante bastantes días, siempre daba la impresión de que la carrera iba a poder con él como así fue. No cabe hablar de fracaso, ni hacerle reproches, porque lo dio todo sobre la bicicleta y estuvo en el nivel que debía de dar; las expectativas de algunos —incluidas las suyas y las de parte de la prensa— de quedar entre los tres primeros, eran excesivas —más aún si hubieran estado todos los favoritos en liza— y, finalmente se vio derrotado, por corredores, probablemente peores que él, pero bastante más frescos y con más fondo. El bueno de Valverde debería ir pensando en centrarse en carreras de una semana y clásicas, donde aún le quedan dos o tres temporadas de triunfos y dejar las vueltas de tres semanas para ayudar a un líder sólido, como puede ser el colombiano Quintana.

Del resto de españoles, tras años de éxitos que parecían no tener fin, poco que comentar; parece que nos va a tocar pasar por un periodo de regeneración —algo que a los franceses les ha venido genial—. Un mermado “Purito” Rodríguez, en busca de la forma para la Vuelta, luchó como un valiente por el título de mejor escalador, pero no había fuerzas para ello. Quizás lo mejor, además del rocoso y eterno Zubeldia —espectacular su octavo puesto—, del solvente Mikel Nieve, que en ausencia de su líder, ha hecho lo que ha podido como guerrillero y del siempre potente bloque del Movistar,  ha sido el debutante Jesús Herrada, un ciclista con muy buena pinta, al que habrá que seguir muy de cerca.

Y nada más que añadir; terminó una edición del Tour de Francia que no pasará a la historia y ahora, a esperar a que termine agosto y empiece la Vuelta a España que, por recorrido y participación —Quintana, “Purito”, el bloque del Sky con Froome y, quién sabe si Wiggins, Contador si se recupera…— se presenta como la principal gran carrera ciclista del año.