Hay bares en los que nunca hemos estado y cuya atmósfera reconocemos al instante, solo de verlos en el cine. Basta un piano, un neón o una melodía tocada por músicos extraterrestres. Sabemos quién podría entrar por la puerta, qué canción sonaría y, en algunos casos, por qué sería aconsejable marcharse antes de terminar la copa.
El cine ha convertido estos locales en lugares de encuentro, refugios, escenarios de seducción y trampas con apariencia de fiesta. Algunos existen fuera de la pantalla; otros fueron creados para una película. Todos permiten contar algo que una conversación en cualquier otro sitio no habría contado igual.
Esta selección reúne ocho bares de cine memorables, con una pequeña licencia: también entra un restaurante cuya pista de baile merece sobradamente un sitio en el recorrido.
1. Rick’s Café Américain: el mundo entero cabe en un local
Casablanca (1942), de Michael Curtiz.
En Rick’s se bebe, se juega, se negocia y se espera una oportunidad para escapar. El establecimiento de Rick Blaine, interpretado por Humphrey Bogart, reúne a refugiados, policías, oportunistas y representantes de bandos enfrentados en una ciudad marcada por la Segunda Guerra Mundial. El argumento recogido por el American Film Institute muestra hasta qué punto el local concentra los conflictos de la película.
Su piano guarda una historia sentimental: cuando Ilsa, interpretada por Ingrid Bergman, pide a Sam que toque «As Time Goes By», el pasado vuelve a instalarse en la sala. Pero allí también se libra una batalla política, como demuestra el duelo musical entre los oficiales alemanes y quienes cantan «La Marsellesa».
Aunque se llame café, Rick’s funciona como restaurante, bar y club nocturno. Su amplitud explica parte de su fuerza: puede albergar una conversación íntima y, unos minutos después, representar una resistencia colectiva.
El local de la película era ficticio. El Rick’s Café que posteriormente abrió en Casablanca nació como homenaje a ese universo cinematográfico.
2. Titty Twister: el bar donde cambia la película
Abierto hasta el amanecer (From Dusk Till Dawn, 1996), de Robert Rodriguez.
Los hermanos Gecko llegan al Titty Twister durante su huida a México. Neones, música y una clientela de moteros y camioneros anuncian una noche poco tranquila. Lo que ocurre después supera con mucho esa primera impresión.
El establecimiento señala el gran giro de la película: el relato criminal da paso al horror vampírico. El British Film Institute destaca precisamente esa transformación al situar la llegada al bar como el momento en que la historia toma un rumbo delirante.
La actuación de Salma Hayek es su imagen más reconocible, pero el local tiene otra función decisiva: encierra a los personajes y les obliga a reorganizar sus alianzas. Las diferencias que los enfrentaban importan menos cuando sobrevivir se convierte en la prioridad.
Pocos bares pueden presumir de cambiar, además del destino de sus clientes, el género de la película que los contiene.
3. Coyote Ugly: una barra convertida en escenario
El bar Coyote (2000), de David McNally.
En el Coyote Ugly, las camareras se suben a la barra y transforman el servicio en espectáculo. La música, las coreografías y la relación con el público definen un establecimiento donde trabajar exige también exponerse.
Para Violet, la aspirante a compositora interpretada por Piper Perabo, el bar supone una entrada accidentada en Nueva York y un aprendizaje sobre cómo desenvolverse ante los demás. La película mezcla ese proceso con romance y fantasía de éxito.
Aquí la realidad precedió al cine. Liliana Lovell abrió el primer Coyote Ugly Saloon en Nueva York en 1993; la película llegó en 2000, inspirada en el establecimiento y su historia. Así lo recogen tanto la fundadora como D23, la publicación oficial vinculada a Disney.
La barra elevada a escenario resume toda su personalidad: el espacio que normalmente separa a quien sirve de quien consume se convierte en el centro de atención.
4. New York Bar: dos desconocidos sobre Tokio
Lost in Translation (2003), de Sofia Coppola.
Su nombre puede despistar: el New York Bar está en el Park Hyatt Tokyo, en Japón. El propio hotel identifica el establecimiento como uno de los escenarios emblemáticos de Lost in Translation.
Entre sus ventanales y su ambiente musical, Bob y Charlotte, interpretados por Bill Murray y Scarlett Johansson, encuentran un lugar donde conversar. Ambos atraviesan un periodo de desconcierto, lejos de casa y de las personas que deberían conocerlos mejor.
La altura y las luces de la ciudad refuerzan una sensación particular: Tokio está ahí, inmensa, mientras ellos permanecen provisionalmente suspendidos sobre ella.
El bar hace posible una intimidad que nace de compartir el desajuste. Sus conversaciones no necesitan grandes acontecimientos; basta con que alguien escuche y comprenda una broma. Esa discreción lo distingue de casi todos los demás locales de esta lista.
5. Jack Rabbit Slim’s: una cena que termina en historia del cine
Pulp Fiction (1994), de Quentin Tarantino.
Jack Rabbit Slim’s es, propiamente, un restaurante temático. Sus coches convertidos en asientos y sus camareros caracterizados como celebridades construyen una fantasía de cultura popular estadounidense.
Allí cenan Vincent Vega y Mia Wallace, interpretados por John Travolta y Uma Thurman. La conversación sobre un batido de cinco dólares forma parte del juego de curiosidad y cautela que se establece entre ellos.
Después llega el concurso de twist y su baile al ritmo de «You Never Can Tell», de Chuck Berry: una secuencia que ha circulado mucho más allá de la película.
El restaurante permite que la pareja abandone durante unos minutos los papeles que condicionan su encuentro. Él es el empleado del marido de ella; en la pista, ambos pueden limitarse a bailar. Esa pausa explica buena parte del encanto de la escena y de la tensión que la rodea.
6. Cocktails & Dreams: el sueño escrito en neón
Cocktail (1988), de Roger Donaldson.
En Cocktail, servir bebidas se convierte en una actuación: botellas que vuelan, movimientos coordinados y clientes pendientes del camarero. Tom Cruise interpreta a Brian Flanagan, un joven que aprende el oficio mientras persigue la posibilidad de abrir su propio negocio.
Cocktails & Dreams da nombre a esa aspiración. El rótulo del establecimiento puede verse en la película y aparece documentado en la selección visual de Art of the Title.
Conviene distinguirlo de las otras barras donde Brian trabaja durante la historia. Este local representa la meta, el momento en que el espectáculo y la ambición toman la forma de un proyecto propio.
Su nombre condensa el imaginario de la película: una mezcla de trabajo, romance y expectativas de prosperidad, servida con la estética vistosa de los años ochenta.
7. La cantina de Mos Eisley: una galaxia explicada desde la barra
La guerra de las galaxias (1977), de George Lucas.
Luke Skywalker entra en la cantina de Mos Eisley y descubre que el universo es bastante más extraño y peligroso de lo que conocía. Criaturas de especies distintas comparten espacio, una banda toca y una conversación puede convertirse rápidamente en una amenaza.
La ficha oficial de Star Wars describe el local como una taberna frecuentada por pilotos y personajes poco recomendables. Allí Luke y Obi-Wan encuentran a Han Solo y Chewbacca.
La secuencia presenta un mundo mediante sus habitantes, sus sonidos y sus normas. Apenas necesitamos explicaciones para entender que ese lugar tiene una vida anterior a la llegada de los protagonistas.
Su aspecto recuerda a una taberna fronteriza del wéstern, trasladada a Tatooine. El decorado resulta extraterrestre; la lógica del encuentro nos es familiar.
8. The Winchester: el pub al que volver incluso durante un apocalipsis
Zombies Party (Shaun of the Dead, 2004), de Edgar Wright.
Para Shaun y Ed, el Winchester es el lugar de siempre. Cuando llegan los zombis, recurrir al pub parece una solución razonable precisamente porque conocen el camino, la barra y sus rutinas.
La elección sostiene una de las mejores bromas de la película: ante una catástrofe extraordinaria, los personajes buscan seguridad en lo más cotidiano.
El local también alberga la pelea acompasada con «Don’t Stop Me Now», de Queen, una escena que Focus Features destaca como ejemplo del uso del ritmo y la música en la comedia de Edgar Wright.
Después de recorrer estos establecimientos, la pregunta quizá sea en cuál aceptaríamos entrar. Rick’s promete una conversación memorable; el New York Bar, una tregua; el Winchester, caras conocidas. En el Titty Twister, por si acaso, convendría mantener la salida a la vista.
